Así es como el niño aprende Empatía

Puede pasar un tiempo, hasta que un niño aprende a ser empático. La fase de terquedad juega un papel muy importante en el camino para la Empatía. 

¿Cuándo y cómo desarrolla un niño empatía y consideración? 

Ya en la guardería, o junto con otros niños, los padres observan a menudo que el bebé parece que tenga una profunda empatía. Cuando un niño llora, entonces empieza el otro a llorar de manera desgarradora. El niño no siente nada en absoluto por el otro. La ciencia llama a este fenómeno “contagio emocional”, y no tiene nada que ver con la empatía. 

Los bebés solo se dejan llevar por la tormenta emocional. No tienen todavía conciencia para identificar que se trata de cómo se siente el otro. Hasta que un niño pueda entender eso, tiene que pasar por unas etapas de desarrollo. Es absolutamente imprescindible que pueda distinguir entre “Yo mismo” y “los Otros”. Eso comienza alrededor del año y medio. Los padres pueden darse cuenta por el hecho de que su hijo se reconoce repentinamente en las fotos y el espejo.

Importancia de la fase de terquedad para desarrollar empatía

Otra indicación del desarrollo de la “conciencia del yo”, es la fase de terquedad. A partir del segundo año y hasta los cuatro años, desarrollan una testarudez muy fuerte. Incluso, aunque sea difícil imaginar que estos arrebatos y rabietas, son una señal de que los niños van por el buen camino hacía la empatía y la compasión. La testarudez muestra que el niño se ve a sí mismo como un ser independiente y se ha dado cuenta de la existencia de “los otros”.  Así demuestra su autoafirmación y su primera independencia. Es por eso, que la psicología del desarrollo prefiere llamarla «fase de autonomía” a la de “terquedad”, ya que resulta negativa en nuestro idioma. Este comportamiento de los niños es una parte importante y algo normal en el desarrollo humano.

Como enseñar empatía al niño

Lo más importante que pueden hacer los padres para desarrollar un comportamiento para que el niño sea sociable, es algo, que la mayoría de las personas dan por hecho: una relación afectuosa, amorosa y de apoyo con su hijo. Esta es la única manera de establecer un vínculo seguro con los padres, que el niño necesita para poder construir y formar relaciones exitosas con otras personas. 

Desde la perspectiva de la psicología del desarrollo, los padres pueden fomentar aún más la compasión y la empatía a través de las siguientes opciones:

Comportamiento positivo ejemplar

Los niños aprenden menos a través de las instrucciones y las palabras, sin embargo, asimilan más a través de experiencias, ejemplo e imitación. Se dan cuenta de: “Mamá me toma en brazos y me consuela cuando mi torre de Lego se ha roto”. Y observan: “¿Qué hace papa cuando mi hermana está triste y llora?”

Para los niños, un modelo de aprendizaje favorable es cuando los padres muestran compasión, les ayudan en tales situaciones y responden a los sentimientos de la persona afectada, en lugar de mostrar miedo o tristeza o incluso ignorarla.

Educación inductiva

Esto se trata de enseñarle repetidamente al niño las consecuencias que sufre otra persona debido a su comportamiento y sugerirle que se ponga en el lugar de los demás. Varía dependiendo de la edad del niño. Para uno más pequeño, empieza con el comentario: “Si sigues empujando a tu hermano, se caerá”. Para otro niño más mayor, sonaría mejor: “Que sentirías si tu mejor amigo te quitara tu juguete favorito?” “¿Cómo te sentirías si estuvieras triste y los otros niños simplemente te ignoraran?”.

Después de todo, esta práctica educativa parece tener mucho más impacto a largo plazo que cualquier castigo o bronca. Además, contribuye más a la internalización de valores como la consideración, la compasión o la cortesía – y no solo a través de la presión de los padres o educadores. 

El éxito de los padres depende de su propia sensibilidad. Si alguien, por ejemplo, intenta explicarle moralejas a un niño de tres años, posiblemente no funcionará. 

Leerles mucho

¡Temblar, asustarse, reír y llorar! Cuando se les leen cuentos, los niños, automáticamente, se sienten involucrados en los pensamientos y sentimientos de los personajes y cuestionando sus acciones. Hay muchos cuentos que incitan a pensar y hablar sobre los valores y necesidades de los demás. Además, hay una estrecha conexión entre competencia lingüística y empatía. En una gran cantidad de estudios, se han demostrado relaciones positivas entre las habilidades del lenguaje y las emocionales. 

Elogio y reconocimiento

Sin esto, simplemente no se puede hacer. Por ejemplo, si tu hijo consuela, apoya a los demás o piensa en algún regalo, siempre tienes que mostrarle tu alegría y reconocimiento y, por lo tanto, fortalecer su comportamiento de forma positiva.

Los niños piensan: “Lo que es bueno para mí, es lo correcto”

Entre el segundo y el tercer año de vida comienza una fase llamada “empatía egocéntrica”. Los niños reaccionan de forma compasiva, pero sobretodo, hacen lo que desean para sí mismos en tal situación. Ellos piensan, por ejemplo: “Cuando estoy triste, necesito mi osito de peluche”.“Cuando mi amiga esta triste, entonces le doy mi osito para consolarla“. Este es un comportamiento muy conmovedor, pero todavía no es verdadera empatía. El niño siente la pena del otro, pero no puede imaginar o entender, que el otro tiene otras necesidades. Después de todo, los estudios han demostrado que las reacciones empáticas y el comportamiento prosocial, aumentan significativamente hasta los tres años. 

Hasta que un niño logra entender e interiorizar los valores como la consideración, lealtad o la cortesía, puede pasar mucho tiempo. Muchos padres conocen este fenómeno: juegas con tu hijo con la pala y los cubos en la arena, y le enseñas a pedir con por favor que le des la pala. Intentas convertirlo en un caballero. Pero al día siguiente, volvéis al parque y le quita la pala de un tirón a otro niño. Te preguntas que estás haciendo mal para que se comporte así.  

A un niño de dos años no se le puede culpar por este comportamiento, continuará desarrollándose, y dentro de un año se comportará de otra forma. El motivo: de los dos a los tres años de vida, los niños todavía piensan que “lo que es bueno para mí, es lo correcto”. Poco a poco se las arreglan para hacer para entender que sus deseos no coinciden con los de los demás. 

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