Sobre-estimulación: demasiado para el niño

El mundo está lleno de estímulos que perciben nuestros sentidos. Los niños usan estos sentidos para desarrollarse, pero cuando se trata de una sobre-estimulación, ocurre lo contrario: no encuentran la calma para entender y asimilarlo todo.

Estímulos en cada esquina

Los pitidos de los coches, las señales luminosas de la estación, el olor fuerte de la sopa, el sabor dulzón de un Pudding, las irregularidades del tronco de un árbol.

El mundo está lleno de estímulos para los oídos, ojos, nariz, lengua y piel. Muchos ya no escuchan el canto de los pájaros, ya no perciben el aroma de café recién hecho, ni siquiera se les ocurre tocar la corteza de un árbol y sentir sus rugosidades bajo la punta de los dedos.

La vida de un adulto está normalmente demasiado llena: llena de experiencias, objetivos, planes y metas. Y no solo llena, sino más que eso: sobrecargada. Tan sobrecargada que no son capaces de estar en calma y percibir con todos sus sentidos. Y aparte de rápida, como comerse la “Fast-food” por el camino, es intensa.

Los niños experimentan el mundo por primera vez

Lo que los adultos ya no ven, escuchan y experimentan de forma diferente, lo sienten los niños. Y a ellos les interesa y les inspira. Se ponen contentos con cada cosita mientras que los adultos han perdido esta capacidad. Una sonrisa radiante ilumina el rostro de Pepe, de nueve meses de edad, al escuchar las campanas de la iglesia. María, de tres años de edad, está muy contenta cuando siente su jersey suave, y Ana observa asustada cuando escucha un ruido fuerte.

Los niños no conocen estas cosas al nacer: escuchan por primera vez las campanas de la iglesia, huelen la hierba fresca, prueban una fresa, tocan al perrito suave y peludo, ven un enorme camión por la calle y un primer partido de fútbol en el estadio.

Todos aquellos que experimentan algo por primera vez, necesitan un periodo de tiempo para lidiar con ello y procesarlo. A menudo, se necesita dormir para poder procesarlo todo. Cuantas más impresiones y experiencias se hayan obtenido, más se deben procesar y asimilar.

Cuanto más pequeño es el niño, menos estímulos

Y para lograrlo, necesitan la ayuda de los adultos. La sonrisa de Alex se ensanchará si mamá sonríe también. Rosa se tranquilizará y no tendrá tanto miedo si papá le dice con suavidad “solo se ha cerrado la puerta, todo está bien”. Las nuevas experiencias sensoriales deben compartirse, ya que evocan sentimientos en los niños: “¡Que fue ese ruido fuerte, tengo miedo!”; ¿Por qué huele tan raro? Solo cuando los niños se sienten seguros, tienen la suficiente autoconfianza para salir adelante y buscar nuevas experiencias.

Cuanto más pequeños son, más seguridad y cercanía necesitan. Y por eso mismo, menos estímulos. Para un bebé, es suficiente cuando se le pone en el carrito de bebé para ir a pasear. El bebé no tiene por tanto ningún contacto corporal, pero necesita tener al adulto a la vista para sentirse seguro y entonces se puede relajar y participar en la aventura de pasear. No necesita mirar al cielo ni tener de tres a cinco animales de peluche, cadenitas para el chupete o campanillas. Él observa, huele, siente y con eso es suficiente.

Necesitan algo nuevo y algo conocido en la misma proporción

Los niños necesitan estímulos para desarrollarse. Si no llegan a conocer nada nuevo, a procesarlo y asimilarlo, no podrán llegar a conocer sus preferencias y habilidades. Tienen que recibir estímulos para probarse a sí mismos.  Para poder experimentar y desarrollarse, necesitan cosas conocidas y tiempo para muchas repeticiones.

Un sonajero hace que descubra cómo moverlo para escuchar el sonido. Puede sentir también su superficie con sus dedos y la lengua. Siente la dureza de la madera cuando lo aprieta, y la próxima vez que juegue con él, es posible que descubra la cinta que envuelve el palo o los pequeños dibujos de su superficie.

Cuanto más tranquilo está el Bebé, más posibilidades de probar y descubrir. ¿Podré ponerme el sonajero en toda mi boca?, ¿como se siente al golpearlo en mi cabeza?, ¿cabe entre los barrotes de la cuna?

Sobre-estimulación – Menos es más

Si el niño está sobre una montaña de diferentes juguetes, apenas podrá decidirse por cuál: ¿juego ahora con el osito de peluche o con la pelota y la muñeca, o miro las ruedas del coche? El bebé está expuesto a demasiados estímulos, ya que solamente el entorno, sin los juguetes, ya está lleno de estímulos. Él ya tiene suficiente sintiendo la alfombra, escuchando las gotas de lluvia que golpean la ventana o degustando las mangas de su camisa. Y solamente cuando notamos que se aburre, es cuando necesita más estímulos, como por ejemplo el osito de peluche con el que se pueda entretener.

Los juguetes en sí no son malos, sino que también son prácticos. En el mejor de los casos, los juguetes son seguros y diseñados para cubrir las necesidades de los niños. También los programas de televisión infantiles, a partir de los seis años, no son perjudiciales en su justa medida.

A pesar de todo, menos es más: menos juguetes fomentan el descanso y el desarrollo del juego en los niños. Este aprende a centrarse en una cosa, a probar más y practicar hasta que consigue hacer lo que quiere.

Los niños expresan claramente cuando tienen suficiente. Se cansan, se ponen tontos, refunfuñan por el camino, tienen hambre, lloran o se aferran a papá o mamá.

Crear un “Oasis”

Los papás pueden crear un “Oasis” en el que el niño pueda descansar, recargar baterías y reunir fuerzas para futuras experiencias. Se pueden adaptar una esquina de la casa con unos palos y mantas y un colchón para que tenga su espacio privado. Esto también puede ser posible de camino a casa, al sentarse en un banco y estar abrazaditos, o en casa tomando un cacao para hacer una pausa mientras juega, o acomodar el coche de manera que se pueda tumbar a descansar.

Ser un ejemplo a seguir

Los adultos tienden a sobrecargarse, hacer muchas cosas al mismo tiempo y no tomarse tiempo para asimilar las experiencias vividas. Los niños notan este comportamiento de los padres y lo van a imitar, tal como imitan todo lo demás.  Nos entrenamos para recibir muchos estímulos al mismo tiempo, de forma que los niños también están expuestos a ellos.

Así que José, de siete años, aparte de recibir su libro de gladiadores, recibe también un nuevo DVD, un avión y una espada de juguete. Salta rápidamente de un juego a otro y no puede estar tranquilo entreteniéndose solamente con una cosa.

No permitas esta sobrecarga de estímulos, tampoco para ti y guía a tus hijos conscientemente a través de estos estímulos.

Conclusión: los estímulos en sí son buenos para el desarrollo, pero un torrente estímulos provoca todo lo contrario, limita el desarrollo y los modos de “prueba y error”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.